Cuentos

La dulce batalla





Un cuento sobre la maternidad, la vida y la soledad



Érase una vez, y dos, y cuatro, y seis… un niño de tres años muy risueño y vivaracho.


“Tete” lo llamaba su mamá, quien lo quería hasta la luna y más allá…


«Tete, ven aquí» «Tete, ven para acá» «Tete, hay que dormir» «Tete, hay que despertar».


Nuestro dulce Tete tenía las cosas más que claras: “No quiero fotos, quiero que juguemos” “No me dormiré hasta que me cuentes un cuento”, “Quiero ir al parque con mi amigo Álex” “Quiero salir del agua un poco más tarde”…


Parecía indomable el pequeño torbellino, ¡y eso que solo tenía tres añitos! Sin embargo, poseía un corazón grande, suave y blandito como el de Pipo, su osito de peluche favorito.


Lo que más adoraba del mundo era jugar; lo segundo, jugar; y lo tercero, jugar. Luego venían los cuentos, los bailes, las pelis y los disfraces.


Su mamá, un tanto agotada por su energía desbordada, en ocasiones se quejaba: “¡No me da tiempo a hacer nada, ni siquiera las cosas de casa…!” Su vida era una constante batalla, siempre habla que te habla, ¡la lengua la tenía casi desgastada!


Pero, un día, su mamá se dio cuenta de algo: valioso como un regalo, doloroso como un pinchazo… Tete no dormía con ella en casa, pues unos días pasaba con su iaio y su iaia. Era una noche de intensa lluvia y tormenta, y la señora Soledad llamó a su puerta:


— ¡Toc, toc! Buenas noches, ¿me deja que pase?


— ¡Oiga, se ha colado! Qué descaro por su parte…


—Vengo con unos amigos de cargo importante. Miedo, Tristeza, ¡pasad, adelante!


— ¡Pero, bueno! ¿Qué manera es esa de autoinvitarse? No hay ninguna fiesta, ¡ya pueden marcharse!


— ¿Qué no hay una fiesta? ¿Y por qué nos llamaste?


—¿¿Qué yo os llamé?? Pues sí que estamos bien…


La mamá de Tete se encontraba confusa e inquieta, la cabeza no paraba de darle vueltas... El latido frenético de su corazón y el ritmo acelerado de su respiración sonaban como una ruidosa y molesta canción.


—Ten, prueba este pastel de almendras, te ayudará a sentirte más serena.


— ¡Puagh, qué asco! Pero si está amargo…


Con las manos temblorosas dejó el plato en la mesa y a su lado se sentó dulcemente la Tristeza. Mil lágrimas se derramaron por el rostro de la mamá, quien notaba ya una profunda incomodidad…


—El estómago se me ha removido, ¡marchaos ahora mismo!


Entonces, el Miedo, muy bajito, le susurró al oído:


—No somos tus enemigos, venimos a ofrecerte un mensaje escondido…


La señora Soledad le dio un cálido abrazo a la mamá y esta, poco a poco, se empezó a calmar. Cuando abrió los ojos por fin “sus invitados” nos estaban allí, pero aquel pastel de almendras, sí. Tomó otro pedazo porque, aunque amargo, le inspiraba un dulzor extraño…


Entonces, aquella mamá triste y temerosa, aquella mujer que se sentía sola y ansiosa, pudo al fin recibir el mensaje escondido, el que durante años jamás había permitido…


«Pum, pum, pum, pum», sonaban sus latidos. Le hablaba su corazón suavemente y despacito:


—La soledad es un salto al vacío, la soledad es un viaje al misterioso infinito… Sé valiente, acéptala y la paz siempre te acompañará.


Al día siguiente, la mamá se sintió más segura y fuerte, ahora su corazón latía más sereno y alegre.


Había comprendido que Tete, junto a su familia, amigos y toda la gente, eran compañeros de aquel viaje por el presente, y que tenerlos a su lado era una enorme suerte. Aquellos días le hicieron valorar que tanto la compañía como la soledad eran amigas a las que había que cuidar. Aprendió, pues, que su felicidad no dependía de nadie más, solo de ella y su capacidad de amar disfrutando por el camino de su viaje a la infinidad.


Y fue así que se propuso no volverse a preocupar ni por la falta de tiempo ni por lo que tuviera que acabar… Recogió a su adorable Tete y lo abrazó infinitamente. La dulce batalla volvía a comenzar, pero ahora se sentía más preparada y dispuesta a disfrutar. Deseaba compartir con Tete todo lo aprendido, deseaba saltar con él al misterioso vacío… Deseaba acompañarle por senderos desconocidos y crecer junto a él por aquel viaje infinito.




Compañero de sueños,


de errores y aciertos:


Tú me enseñas el miedo y el amor,


la paciencia y la ilusión,


la mentira y la verdad,


la compañía y la soledad…


Surquemos juntos los mares


de este océano cambiante.


Vivamos en constante movimiento


fluyendo con la sabiduría del viento.


Contigo yo aprendo a ser mamá,


a quererte (y querernos) cada día más.




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