Cuentos

Las grullas de Lino



Cuenta una antigua leyenda japonesa que a quien consiga crear mil grullas de papel se le concederá el mayor deseo que alberga en su corazón.

¿Queréis conocer de dónde nace la hermosa práctica de transformar cartulinas de colores en mágicas grullas voladoras?

Bien, como la mayoría de vosotros ya sabéis, hace más de medio siglo, se lanzaron dos bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, grandes ciudades de Japón. Tras esta terrible catástrofe fruto de la guerra, miles de personas perdieron la vida y otras muchas resultaron gravemente enfermas. Sadako Sasaki fue una de esas víctimas, y solo tenía dos años cuando ocurrió aquello. Al cumplir los doce, los doctores le diagnosticaron leucemia como consecuencia del envenenamiento radioactivo de la bomba. Mientras se encontraba en el hospital, una amiga suya le contó la leyenda de las mil grullas. La niña, que deseaba con todas sus fuerzas recuperarse de la enfermedad, comenzó a plegar cientos de ellas con el fin de ver cumplido algún día su sueño. Sin embargo, se marchó sin haber podido alcanzar la tan ansiada cifra... Entonces, en honor a ella, sus amigos continuaron con la extraordinaria labor y finalizaron las mil grullas de papel con la esperanza de combatir la guerra y sembrar la PAZ en todo el mundo.

A partir de aquella respuesta de solidaridad, miles de grullas de colores procedentes de todos los rincones del planeta, llegan a Hiroshima el seis de agosto de cada año, día internacional de la PAZ, fecha en que la primera bomba atómica se soltó sobre esta ciudad. En el Parque de la Paz de Hiroshima, se construyó una majestuosa estatua con la figura de Sadako sosteniendo una gran grulla de papel entre las manos en memoria de esta niña y su admirable historia. Hoy día, la grulla es el símbolo mundial de la PAZ.

Porque de grandes desgracias también nacen grandes enseñanzas, no debemos ponernos tristes ahora, sino aprender la valiosa lección que aquellos acontecimientos nos revelan, y que marcaron un antes y un después en la incesante y eterna lucha por la PAZ.

Por eso, a continuación os contaré una bonita historia que llenará de ternura vuestro corazón.

Al otro lado del mundo, separado por miles de kilómetros, pero unido por una misma causa, se encontraba Mario, un hombre muy risueño y entrañable al que sus dos hijos cariñosamente llamaban Lino. Este tenía una mujer maravillosa por la que se desvivía a todas horas. Un día, ella enfermó y de la noche a la mañana todo su mundo se desmoronó. Él y sus hijos se volcaron en ella, cuidándola con gran dedicación y amor, aprendiendo a saborear plenamente cada instante que la vida les regalaba a su lado. Viendo a su padre muy afectado, su querida hija quiso darle a conocer la famosa leyenda regalándole su primera grulla de papel, la que más tarde se convertiría en la madre de un sinfín de grullas de colores mensajeras de la PAZ. Él, fascinado por aquella hermosa historia, quiso también cumplir su deseo y difundir este mensaje a través de ellas. Lino estaba convencido de que la PAZ empezaba por uno mismo, ya que antes debíamos trabajarla desde el interior para así poder mostrarla y transmitirla a los demás.

Por la mañana, por la tarde, por la noche… Cualquier momento era bueno para construir aquellas aves mágicas que habían pasado a cobrar una enorme importancia en su vida. Las doblaba con gran esmero y, sobre todo, con especial cariño. Mientras tanto, el tiempo se paraba, él se relajaba y su inspiración trabajaba. En cada pliegue, en cada movimiento, ponía alma y corazón, para que de aquellos papeles de colores brotaran las grullas más bonitas que podáis imaginar. Lino les daba vida colocándolas en lugares donde el viento pudiera hacerlas volar. También les ofrecía compañía, pues todas ellas estaban rodeadas por otras grullas moviéndose juntas al compás. Pero, ante todo, les regalaba libertad para que pudieran girar, volar y dejarse llevar. De esta manera, realizaba unos bellísimos móviles colgantes que fabricaba con gran esmero e ilusión. Su casa entera estaba decorada con estas originales creaciones, dotando cada rincón de pura magia y color. Además, le encantaba regalárselas a la gente que apreciaba, y es que Lino poseía un corazón enormemente generoso. Tenían diversos tamaños y texturas, con colores brillantes, vibrantes, vivos. Cualquier idea que surgía en su cabeza era bienvenida para acompañarlas en su vuelo: abanicos, paipáis, palitos de madera, muelles, flores, botones, cascabeles, lunas, soles… Su imaginación volaba tan alto como sus grullas. La pasión que nuestro protagonista sentía por estas magníficas aves le llevó a ser más conocido como “Mario el grullero”.

Una mañana en que el sol lucía tanto como el viento soplaba, Lino salió a la calle para dar un paseo con sus hijos. Pero este no reparó en cerrar las ventanas antes de marcharse, y a su regreso… « ¡Oh, no es posible! ¿Dónde están mis grullas?». Ni una sola quedaba ahora en el salón. Los hilos de aquellos móviles se desplazaban de un lado a otro al ritmo que les marcaba el viento, pero ninguna grulla pendía de ellos… « ¡Ni una en toda la casa!», exclamada Lino muy sorprendido tras haber comprobado cada estancia de su hogar. «Es increíble, no entiendo cómo ha podido suceder… ¡Han desaparecido!», comentaba preocupado a sus hijos y amigos.

Sin embargo, nuestro amigo no cesó en su deseo de seguir creando grullas de papel, y enseguida se puso manos a la obra para construir muchísimas más. Pero siempre que se sentaba en el salón para doblar y dar vida a sus aves favoritas, su mente inquieta se preguntaba adónde estas habían podido ir: « ¿Por qué se han marchado? ¿Qué les ha pasado? ¿No eran felices aquí a mi lado?, se repetía una y otra vez. Semanas después de lo ocurrido, tras horas y horas de trabajo constante, a la vez que apasionante, Lino ya había vuelto a decorar su casa con grullas de todos los tamaños y colores.

Un día de sol radiante y espléndido, se dispuso a terminar de plegar una grulla de color azul celeste que más tarde le haría comprender el misterioso incidente. Una llamada inesperada le sobresaltó. Sin soltar la grulla que abrazaba suavemente entre los dedos, cogió el teléfono con la otra mano y contestó. Eran sus hijos, que por sus voces emocionadas parecían tener algo muy importante que decirle. «Papá, corre, ¡enciende la televisión! Pon las noticias…». Antes si quiera de poder preguntarles qué ocurría, y sin haber tenido tiempo de despedirse, la llamada se cortó.

Lino, dejó el teléfono sobre la mesa y se apresuró a coger el mando a distancia. Encendió la tele y, nada más ver las imágenes, su corazón dio un vuelco. En el telediario estaban retransmitiendo en directo el vuelo de unas grullas de colores volando alrededor de la famosa estatua de Sadako en Japón. ¡Era realmente asombroso! Y, qué veían sus ojos… ¡Eran sus grullas! Las mismas que habían desaparecido semanas antes de su casa… Estaba tan absorto, tan sorprendido, que el mando a distancia resbaló por su mano y cayó. De la otra mano también dejó caer la grulla que acaba de terminar, pero, en cambio, esta no llegó a rozar el suelo… La grulla celeste alzó sus alas y empezó a elevarse por el aire como por arte de magia. Revoloteó alrededor de Lino, se posó unos instantes sobre su hombro y alzó de nuevo el vuelo. No se lo podía creer… ¡su grulla había cobrado vida de repente! La pequeña rodeó los móviles que colgaban del techo y, finalmente, salió por la ventana fundiéndose con el azul del cielo.

De repente, las demás aves empezaron también a mover sus alas y, poco a poco, fueron desprendiéndose de los hilos que las sujetaban. Un sinfín de coloridas grullas de papel recorrió libremente cada rincón de la estancia, posándose a su vez sobre las manos, los brazos y la cabeza de su creador. Los ojos de Lino no daban crédito a lo que estaba sucediendo, y, sin embargo, su corazón lo comprendía todo... Pronto, estas volvieron a agruparse, y una tras otra fueron abandonando el hogar que las había visto nacer y las había acogido con tantísimo cariño. Ahora eran completamente libres y tenían una importante misión que cumplir. Lino, asomado a la ventana, contemplaba con gran admiración el asombroso espectáculo de grullas de papel en movimiento agitando rápidamente sus alas, separadas por una corta distancia unas de otras, pero unidas por un mismo baile en el aire. ¡Aquello era increíble! No les quitaba ojo, quería seguirles el rastro hasta que hubieran cruzado el horizonte. De esta forma, nuestro amigo pudo comprender que las grullas que él creaba con todo su amor no tenían dueño ni hogar, puesto que ellas anhelaban volar en libertad. Eran grullas mágicas, especiales, que deseaban llegar a los lugares del mundo que más las necesitaban para llevar su hermoso mensaje de PAZ y solidaridad, el que él mismo les transmitía con sus propias manos, el que él les inspiraba con la nobleza de su mirada.

Pero la historia no acaba aquí, pues algo maravilloso ocurrió al fin:

Las grullas de colores alzaron su vuelo,

una hermosa palabra dibujaron en el cielo.

Lino sonrió rebosante de alegría.

supo que muy pronto su deseo se cumpliría.

PAZ


Esta historia es un homenaje de corazón a la admirable labor solidaria que mi buen amigo Mario lleva años desempeñando con gran pasión e ilusión. Desde aquí, lanzo mi granito de arena para ayudar a divulgar este precioso mensaje de PAZ. ¡Deseo que tus grullas vuelen hasta el sol y llenen de color nuestro corazón!


Os animo a visitar el fantástico blog de Mario el Grullero: Las grullas de Lino


Escúchalo:



|


Creado por Horckun | Aviso legal | Política de privacidad