Cuentos

Eric, el Sol y la Luna



Érase una vez un bebé precioso, gordito y risueño, llamado Eric. Nació en una bonita ciudad de cielo azul y montañas rocosas, donde se oía el oleaje del mar y el canto de las gaviotas. Su papá y su mama cuidaban de Eric con esmero, jugaban con él a cada instante y lo amaban más allá de lo imaginable. Aquel bebé era la alegría de su familia, siempre sacaba a todos la más feliz de las sonrisas. Tenía los ojos grandes y brillantes, unos regordetes labios sonrojados y unos graciosos mofletes que encandilaban a la gente. Eric era el rey de la casa, de ahí su nombre eterno y poderoso.

Los vecinos de aquella ciudad mediterránea enseguida se enteraron de su nacimiento. Todo el mundo hablaba de Eric. Era tan hermoso, alegre y entrañable que ansiaban conocerlo. Pronto, el rumor se extendió a lo largo y ancho del país y no tardó en llegar incluso a oídos del mismísimo Sol, el gran astro rey. Por supuesto, este debía saber aquella importante noticia, pues un bebé de tan noble naturaleza tenía que mostrarse ante él para comprobar esta intrigante certeza.

Así, el Sol empezó a indagar el hogar de aquel famoso niño. Pero no tardó en dar con él cuando, ese mismo día de madrugada, unas lejanas carcajadas lo despertaron.

—Tiene que ser él… —se levantó sobresaltado. Y con los rayos aún despeinados, se asomó por su balcón de nubes para averiguarlo.

Lavó su cara con agua de lluvia, peinó su cabello dorado y bostezó durante un buen rato. Vislumbró una pequeña casa blanca por el sureste mediterráneo. Y de nuevo la oyó… Era la dulce y cantarina voz de Eric.

— ¡Allí está! —gritó loco de contento, como quien acaba de encontrar el cofre de un tesoro.

Los vecinos de la ciudad cuentan que aquel día amaneció mucho antes de lo esperado, antes si quiera de que los gallos hubiesen su quiquiriquí cantado.

¡Qué guapo y contento estás hoy, Sol! —le halagaban los pájaros al pasar—. Cuéntanos, ¿a qué se debe tanto madrugar?

¿Es que no os habéis enterado? ¡Dicen que ha nacido el niño más bello y noble del planeta! Llevo millones de años esperando este momento… Y yo, como astro rey, ¡he de ser su papá!

En menos de un segundo, allí estaba el Sol, frente a la puerta de la casita del pequeño Eric.

« ¡Diiing, dooong!».

Un destello fulgurante atravesó el hogar. A través de las puertas y las ventanas, cientos de luces doradas llenaron cada rincón y recoveco. La casa estaba ahora más cálida que nunca.

La mamá de Eric, muy sorprendida, se acercó despacio a la puerta, levantó la mirilla y un rayo de luz la deslumbró.

—Vaya, ¿quién podrá ser?— se dijo en voz baja, extrañada.

Él contestó de inmediato con voz grave y vigorosa.

— ¡Buenos días, señora!

—Oh —exclamó la mamá—, ¡qué visita tan inesperada!

Enseguida, se colocó unas gafas de sol para proteger sus ojos y abrió la puerta.

—Buenos días, su majestad el Sol, ¡qué increíble sorpresa! Es un honor recibirlo…

—El honor es mío —contestó él.

Pero la gran bola de fuego era tan inmensamente grande, luminosa y candente que ella no pudo invitarlo a pasar.

—Verá, mamá de Eric, ha llegado a mis oídos el rumor de que vive aquí el bebé más hermoso y honorable de la Tierra.

—Sí, así es —asintió la mamá, desconcertada.

—Pues bien, debe saber que, como astro rey que soy, he de convertirme en su papá.

—Pero, señor, me temo que eso no es posible… Eric ya tiene un papá.

Tras oír aquellas palabras, el Sol quedó muy decepcionado. Bajó la mirada hacia el suelo y distinguió a unos metros a Eric dormido en su cunita.

«Es tan bello y adorable. Casi desprende tanta luz como yo», pensó. Nada más verlo, se enamoró profundamente de aquel bebé de ojos relucientes y tierna sonrisa.

—Señora —insistió el Sol—, le ruego que me conceda tal honor. Es mi mayor deseo ser padre de este niño y alumbrar con mis rayos su camino.

—Lo siento mucho, su majestad, pero él no puede ser su hijo.

El Sol no supo qué más decir… Se despidió de la mamá de Eric y se marchó cabizbajo y afligido.

Los días posteriores a su visita fueron fríos y grises. Estaba tan triste y desilusionado que se escondió tras las nubes y no deseaba salir. Los vecinos estaban muy preocupados, pues era insólito que el color azul y la luz del Sol no adornaran el cielo de su ciudad.

Aquella noche, la Luna preguntó a las estrellas:

—Decidme, bonitas, ¿es cierto que el bebé más lindo de la Tierra ha nacido y es el más querido?

—Bien cierto es, su majestad la Luna. Es el más bello y duerme plácidamente en su cuna. Su nombre es Eric, y su risa es más contagiosa que ninguna.

—¿Es verdad que el Sol desea ser su papá, que por ello está apenado y tras las nubes se ha refugiado?

— También es verdad, señora, el Sol a ese niño adora, mas bajó a la Tierra a pedir permiso y no es posible por ahora.

—Vaya, cuánto lo siento por él… Siendo el astro rey, todo lo que pida se le debe conceder. —respondió la Luna, compasiva.

Entonces, sacó su telescopio de plata y apuntó a aquella ciudad sureña en busca de aquel niño especial. Una luz brillante destacaba a lo lejos, procedía de una casita cercana al mar.

De repente, la más dulce de las nanas oyó, era la mamá de Eric cantando una canción. Dormidito en su cuna lo vio y no pudo más que enamorarse de aquel hermoso primor.

—Es mi mayor deseo convertirme en madre de este bebé, debo bajar a la Tierra y a su familia conocer.

Aquella noche, la Luna se vistió de gala y con azahar perfumó su cara. Miró su reflejo en el mar, ¡hay que ver cuán bella estaba!

«Toc, toc», llamó a la puerta con sigilo cuidando de no despertar al niño. Una luz blanca y radiante iluminó la casa al instante.

— ¿Quién será a estas horas? —se sorprendió el papá de Eric.

— ¡Buenas noches, señor!

—Oh, ¡buenas noches, su majestad la Luna! Dígame, ¿qué puedo hacer por usted?

—Deseo conocer a la hermosa criatura que descansa en su cuna.

—Claro, ahí está Eric —le mostró su papá.

La luz de la Luna alumbró la cara del bebé y el destello lo hizo despertar. Pero Eric no lloró, contempló unos segundos la gran esfera blanca y con dulzura sonrió. La Luna quedó perpleja al ver tan mágica belleza.

—He venido desde el cielo a contarles mi deseo… Ser mamá de Eric me haría la más feliz del universo.

—Pero, señora Luna, Eric ya tiene una —replicó él.

—Denme la oportunidad de ser yo también su mamá, este niño tiene un encanto especial que por las noches yo he de cuidar.

—Gracias, su majestad, siento mucho no poder complacerla. Eric tiene a su mamá, vive con nosotros en este hogar.

La Luna no supo qué más añadir, al igual que el Sol, se había llevado una tremenda desilusión. Regresó a su morada en el cielo y buscó el consuelo de sus amigas las estrellas. Poco a poco su luz blanca y refulgente se fue apagando. Aquella noche y las siguientes, la ciudad no pudo disfrutar del resplandor nocturno que tanto cobijo les daba.

Sus habitantes no hablaban de otra cosa:

—Hay qué ver qué frío hace —comentaba el cartero.

—Hace días que el sol no sale… —lamentaba el tendero.

— ¡Y la Luna ya no alumbra como antes! —exclamaba el panadero.

Los papás de Eric reflexionaron sobre lo ocurrido y trataron de encontrar una solución.

Así, una mañana de cielo gris, la mamá de Eric le dijo a su papá:

—Bien es cierto que tú eres el papá de Eric aquí en la Tierra, pero nuestro bebé sería muy afortunado si pudiera contar con otro papá en el cielo como es el Sol, nuestro astro rey.

—Tienes toda la razón, ¿cómo podríamos ahora hacérselo saber?

Al otro lado de la ventana había un pájaro que oyó aquello y subió volando hasta el cielo para avisar al Sol. Cuando este lo escuchó no cupo en sí de emoción.

— ¿Estás seguro pajarillo? ¿Es cierto lo que oigo? ¡Nada me haría más feliz!

El pájaro cantarín asintió con la cabeza y revoloteó muy contento al verlo tan ilusionado.

—Entonces ,debo bajar a la Tierra de nuevo para agradecer a su familia esta magnífica noticia.

Cuando el timbre de la casa de Eric sonó y la estancia entera se iluminó, los papás del pequeño supieron enseguida de quién se trataba.

— ¡Buenos días! Un pajarito me ha contado lo que han pensado…

— Por supuesto, su majestad el Sol. Eric tendrá mucha suerte de contar con un papá en la Tierra y otro arriba en el cielo.

— ¡Qué alegría tan inmensa! Como astro rey, yo lo cuidaré desde las alturas. Prometo llenarle de luz y calor toda su vida.

Un rayo de Sol acarició y coronó la cabecita de Eric.

—Yo te nombro, pues, Príncipe Honorable del Cielo Soleado.

El Sol regresó a las alturas ahora más brillante y resplandeciente que nunca. Había logrado su sueño de convertirse en papá de aquel precioso niño. La ciudad entera celebraba la vuelta del astro rey, que irradiaba no solo calor, sino una increíble felicidad. Como agradecimiento a sus papás, en el cielo celeste escribió con sus rayos el nombre del recién coronado Príncipe Honorable.

Pero por la noche, la Luna había dejado de alumbrar y tenía sumida a la ciudad en una gran oscuridad.

—La Luna también estaría muy contenta de ser mamá de Eric —comentó su papá.

—Es cierto, ojalá pudiésemos volver a hablar con ella…

Las estrellas, siempre atentas a los deseos de la gente, oyeron aquellas palabras y de inmediato la avisaron.

—Oh, ¿estáis seguras? ¿Podré al fin ser madre de aquella hermosa criatura?

Enseguida, bajó a la Tierra y tocó despacito a la puerta.

—Buenas noches —susurró—. Las estrellas me contaron que cambiaron de opinión…

Los papás de Eric asintieron con la cabeza y a la Luna se le iluminó la cara. Un destello se reflejó en la cabecita del bebé, siendo así coronado Príncipe Honorable del Cielo Estrellado.

—Como reina del cielo, iluminaré sus pasos y protegeré a este pequeño para que siempre tenga los más dulces sueños.

La blanca Luna ahora refulgía de hermosura y los vecinos de la ciudad ya no estarían nunca más a oscuras. Cuentan que aquella noche ocurrió algo extraordinario: las estrellas dibujaron el rostro de un bebé al que fue imposible no reconocer.


Este cuento nació con su protagonista, Eric, quien con su dulce y noble mirada despertó mi inspiración nada más abrir los ojos en su primer segundo de vida. Para ti, mi principito, con todo mi amor.

La inspiración que nos brindó nuestro adorable bebé también tomó forma de canción cuando Laura, su tía, lo meció en sus brazos por primera vez y compuso para él esta preciosa nana: Eric, Príncipe Honorable.

Pero eso no es todo… Esta historia deseaba ser representada y cobrar vida algún día, de manera que en la Escuela de Artes Escénicas “Adán Rodríguez” en Alicante se pusieron manos a la obra para que muy pronto podamos disfrutar de ella. Aquí os dejo unos simpáticos audios con los ensayos de una versión adaptada de Eric, el Sol y la Luna. ¡Gracias de corazón a Adán, a Laura y a los pequeños artistas!

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