Cuentos

La princesa de Fresa



La historia que os voy a contar ocurrió en un país no muy lejano hace mucho mucho tiempo. Su protagonista, Teresa, era más conocida como la Princesa de Fresa. Pero no, no vayáis a pensar que esta princesa tenía forma, olor o sabor a fresa… Fresa era el diminuto país donde creció y vivió durante toda su vida, famoso por sus bosques repletos de plantas de fresas, fruta al que este lugar debía su nombre. No os podéis imaginar lo increíblemente hermoso que era… Hasta el rincón más insospechado tenía un encanto especial. Sus casas parecían fresas gigantes con aquellas formas redondeadas, las fachadas rojas y brillantes, los tejados verdes y las ventanas amarillas cual pepitas. Fresa era, sin duda, un paraíso para los cinco sentidos. Contemplar sus campos cautivaba de inmediato el corazón, oír el silbido del viento y el sonido del agua en el riachuelo despertaba los más bellos recuerdos. Acariciar sus plantas era un placer para las manos, respirar aquel aroma era realmente embriagador, y saborear aquellas delicias de la naturaleza era… En fin, indescriptible.

¿Queréis saber, entonces, cómo Teresa fue nombrada Princesa de Fresa? Pues bien, escuchad muy atentos y disfrutad de este cuento.

Al contrario que en otros reinos, en Fresa las damas no eran nombradas princesas por ser hijas de reyes o por casarse con príncipes. Sus habitantes habían decidido ser ellos mismos quienes eligieran a la princesa que representaría a su nación y velaría por todos. De esta manera, cada cierto tiempo, se elegía una nueva princesa en función de sus atributos, dotes y conocimientos. Teresa soñaba con ser princesa y reunía cientos de cualidades que la convertían en la princesa perfecta. Pero había un ligero inconveniente… Era alérgica a las fresas. Tal vez penséis que eso no era motivo suficiente para no poder ser princesa de su país. Y estáis en lo cierto. Pero aquella vez, la prueba de fuego, la más importante, consistía en pronunciar un discurso que describiera el sabor de aquella fruta. Eso entristeció mucho a Teresa, pues, ¿cómo haría ella para describir un sabor que no conocía?

Siendo una niña muy pequeña, sus papás le dieron a probar una fresa que, para su sorpresa, provocó tal brote de urticaria y salpullidos en su cuerpo que tuvieron que avisar a un médico de inmediato. Ella era la única persona del país que tenía alergia a la fruta que lo representaba.

Aun así, cada mañana, Teresa se levantaba temprano, desayunada, se vestía y salía a recolectar fresas que, por supuesto, no probaba. Sin embargo, esto no le impedía elaborar diversos y exquisitos manjares con ellas: mermeladas, yogures, batidos, zumos, bizcochos, pasteles, galletas, helados e incluso caramelos. Ponía tanta atención y cariño al prepararlos que jamás nadie en el país había probado nada igual. Sus habitantes no se explicaban cómo esta joven alérgica a las fresas podía fabricar maravillas con ellas. Sí, en Fresa era muy famosa, querida y alabada por sus productos excepcionales, pero ella, ante todo, deseaba algo tan fácil y sencillo como poder un día saborearlas. « ¡Cuánto desearía probarlas…!», se decía una y otra vez.

Por todo el país había carteles que anunciaban el próximo nombramiento de la futura princesa. En ellos se leía: SE BUSCA PRINCESA PARA FRESA. Teresa, al igual que muchas jóvenes, había presentado su petición hacía tiempo con todas sus esperanzas puestas en aquella gran oportunidad. Miraba y remiraba cada cartel que veía por la calle, imaginaba cómo podría hacer para recitar un discurso tan difícil en su situación... «Es imposible, ¿cómo voy a hacerlo?», se repetía muy triste.

Se acercaba el gran día y no se le ocurría nada que escribir, nada que explicara el sabor de algo desconocido para ella. No obstante, por otro lado, una vocecilla en su cabeza la animaba a perseguir su sueño: «No te rindas, puedes hacerlo».

La misma mañana que tuvo lugar el nombramiento de la princesa, Teresa salió a recoger fresas sin apenas ilusión. El momento estaba tan cerca y ella tan lejos de saber qué discurso iba a pronunciar… Se sentó junto a una frondosa planta de fresas, hundió la cabeza entre los brazos y comenzó a llorar desconsolada.

Querida Teresa, no llores más.

La joven levantó de pronto la vista.

¡Oh, un hada!

¿Un hada? De eso nada ―sonrió una bellísima y simpática mujer.

Teresa no comprendía cómo había llegado hasta ella aquella figura tan hermosa y resplandeciente.

Soy una bruja.

¿Tú? ¿Una bruja? No es posible…

Por supuesto que sí. ¿Sabes? Las brujas no somos tal como nos describen en los cuentos. La mayoría de nosotras somos buenas y bonitas, no te dejes llevar por las apariencias, pues también existen hadas poco agraciadas...

¿De verdad? ―interrumpió Teresa, sorprendida.

Sí, pero eso es otro tema, así que no nos desviemos… Nosotras hacemos hechizos mágicos para ayudar a la gente y no para hacer daño. Además, nuestras pócimas son tan deliciosas como los manjares que tú misma elaboras.

¿Cómo los de fresa?

Claro, y precisamente por eso he venido a verte, para ayudarte a hacer realidad tu sueño.

¿En serio lo harás?

Sí, verás… Yo habito en estos bosques desde tiempos inmemoriales. He observado con admiración el cuidado con que recoges las fresas, el esmero con que las tratas y la pasión con que elaboras tus recetas. Tu gran generosidad y amor hacia esta fruta exquisita te hacen digna de un deseo.

¡Oh, un deseo! No sé cómo agradecértelo…

Piénsalo bien, pero no con la cabeza, sino con el corazón.

¡Qué fácil! Ella deseaba con todas sus fuerzas convertirse en Princesa de Fresa. Por un instante, parecía tenerlo muy claro, pero enseguida recapacitó: si pedía ese deseo, aquel título no sería justo, porque al igual que el resto de candidatas, tenía que ganarlo y merecerlo gracias a su esfuerzo y habilidades superando todas las pruebas, incluida la del discurso. Las últimas palabras de la bruja resonaron en su cabeza: «Piénsalo bien, pero no con la cabeza, sino con el corazón». Entonces, cerró los ojos y decidió escuchar a su corazón. Siempre había soñado con probar su fruta favorita, aquella de la que todo el mundo hablaba maravillas y ella nunca había tenido la suerte de saborear. Si pudiera hacerlo sin que su alergia le hiciera enfermar, aunque solo fuera por una vez, tendría la oportunidad de escribir el tan ansiado discurso sobre el sabor de las fresas. Sabía muy bien que si era esto último lo que pedía, ser nombrada princesa continuaría siendo un riesgo… Pero era lo justo para todos, ya que si ganaba, debía hacerlo por méritos propios. Eso es, esta vez sí lo tenía claro, su corazón latía fuerte y alto.

¡Ya lo tengo! Deseo probar una fresa sin que ello me cause alergia alguna.

Estupendo, Teresa, veo que has sabido elegir bien tu deseo, pues lo has hecho desde el corazón.

La hermosa bruja acarició su mejilla y se dispuso a pronunciar en voz alta un hechizo:

Por tu corazón dulce como la fresa,

yo te concedo este deseo sorpresa.

Desde ahora, joven y bella Teresa,

de tu alergia no serás más presa.

Toma, pruébala.

¿Eso es todo? ¿No hay pócima?

Considera esta fresa una pócima de la naturaleza ―contestó la bruja guiñándole un ojo.

Teresa cogió con cuidado la fruta que durante años su paladar le había prohibido. La contempló atenta, inhaló su aroma, entornó los ojos y dio un bocado.

Aquella textura y aquel sabor la transportaron a un universo nuevo y fascinante.

Es… Es… ¡Es extraordinario! ―exclamó cautivada.

La bruja sonrió contenta.

Debes saber que tu alergia ha desaparecido por completo. Podrás comer cuantas fresas desees, las veces que desees durante el tiempo que desees.

Entonces, este hechizo… ¿es para siempre? ―preguntó emocionada.

Por supuesto, así lo mereces.

Oh, ¿cómo podría agradecerte lo que has hecho por mí…?

Yo no he hecho nada, Teresa, tú sola lo has ganado, debes agradecértelo a ti misma. Vamos, no hay tiempo que perder, corre a casa, coge lápiz y papel y plasma con bellas palabras esta experiencia única.

Teresa corrió tanto como sus piernas le permitían, su cabello acarició velozmente el viento y su sonrisa inundó el camino desde el bosque hasta su hogar. Las palabras salieron solas por sus manos a través de su lápiz afilado. No tuvo que pensar nada, tan solo sentir lo que su corazón alegre le iba susurrando y dibujarlo en forma de letras, palabras y frases hermosas. Al acabar, se vistió con sus mejores galas, peinó su larga cabellera rizada y se perfumó con una fragancia de fresa que ella misma había elaborado. Salió como un rayo hacia el gran evento y llegó tan tarde que fue la última en salir a recitar. Cuando apareció, todos se preguntaban expectantes cómo haría la joven Teresa para describir el sabor de aquella fruta. Desde el principio hasta el final, su discurso titulado Delicia y belleza de la naturaleza, causó sensación entre el público. Este quedó profundamente fascinado por la pasión e intensidad de sus palabras, que describían la fresa de una forma mágica, hermosa y genuina. Todos los habitantes, sin excepción, se pusieron en pie y aplaudieron durante largos minutos. Teresa no pudo contener las lágrimas, esta vez, de pura alegría. No cabía duda, aquel había sido el discurso más bello jamás pronunciado, y el público tenía claro que ninguna muchacha merecía más que ella el honor de ser princesa.

Y así sucedió que Teresa, por su valentía, dedicación y amor por esta fruta preciada, fue coronada Princesa de Fresa.


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