Cuentos

Burbujitas



Burbujitas era un pez común, viviendo una vida común, dentro de una pecera común, en una casa común, con una familia común. Pero había un miembro de la familia que trataba a Burbujitas de una manera poco común: el pequeño Pablo. Y es que para este niño de pelo liso y ojos castaños, Burbujitas no era el típico pez naranja que mucha gente tiene en casa… Para Pablo, Burbujitas era, ante todo, PEZ. Él estaba seguro de que, al igual que las PERSONAS, los peces también tenían días azules y días grises, momentos de risas y momentos de lágrimas… En la escuela, bien le habían explicado que los animales como Burbujitas y los humanos como él, eran todos SERES VIVOS con emociones y sentimientos.

Por eso, Pablo se encargaba cada mañana de que todos sus días fueran felices, de que no le faltara comida y de que su agua estuviera siempre limpia. Le gustaba darle de comer esa especie de papelitos de colores que volvían loco de contento a Burbujitas. Le encantaba observar cómo nadaba en círculos moviendo sus diminutas aletas muy deprisa. También, adoraba jugar con él desplazando su dedo índice en torno a la pecera mientras Burbujitas lo seguía veloz. Le entusiasmaba cantarle canciones imaginando que era su pez naranja el que lo hacía soltando pequeñas burbujas por la boca. Fue por eso que decidió llamarlo Burbujitas, y estaba seguro de que su pez estaba encantado con el nombre que le había elegido.

Un día que regresó a casa después del colegio, fue corriendo a saludar a su pececillo. Pero para su sorpresa, él no estaba allí, en su pecera… «¡Se ha escapado!», pensó. «Aunque eso es imposible, él era muy feliz aquí conmigo…», recapacitó. «Tal vez mamá le esté cambiando el agua y se encuentre ahora nadando en un vaso. Iré a la cocina a ver». Allí estaba mamá, pero no había ni rastro de su querido pececito.

Mamá, ¿has visto a Burbujitas? ¡No está en su pecera! ―quiso saber impaciente.

Ella tenía la cara algo seria, lo cual no era habitual. Se acercó a él para ayudarle a quitarse la mochila, lo besó en la frente y le cogió de la manita.

Cariño, Burbujitas se ha marchado.

Pero, ¿adónde? Él no sabe saltar… ―preguntó muy extrañado.

Ha vuelto a su casa, al mar de los peces invisibles.

¿Y dónde está ese mar? ¡Debemos ir a buscarlo!

No podemos, él lo ha decidido así. Le ha llegado el momento de regresar con su familia.

Pero nosotros somos su familia, no lo entiendo…

Pablo, algún día todos debemos regresar a un lugar invisible y lejano donde también seremos muy felices, y nos encontraremos con otros seres queridos que nos echan de menos.

Pero yo quería despedirme de él… ―dijo el niño entre sollozos.

¿Quieres hacerlo? He guardado su cuerpecito para que podamos enterrarlo juntos en el jardín.

Sí, quiero decirle adiós a Burbujitas.

Mamá cogió un tarro de cristal que en su interior tenía el minúsculo cuerpo de Burbujitas. Pablo lo observó asombrado. Por primera vez, su pez naranja no nadaba ni movía sus aletas, no abría los ojos, no hacía burbujitas. Parecía muy tranquilo ahí tumbado. Descansaba… para siempre.

¿Y dónde está su otra parte?

¿Qué otra parte, mi amor?

La parte que se mueve, la parte que vive…

Esa es la parte invisible y más importante, la parte que vivirá siempre. Esa es la que ha volado hasta el mar de los peces invisibles para ser feliz allí también.

Un sinfín de lágrimas resbalaba por el dulce rostro de Pablo. Sin duda, este era el día más gris de su vida. Pero mamá estaba a su lado para acompañarlo en su tristeza, secar sus lágrimas y enseñarle una gran lección.

Entiendo que estés triste, cariño, llora todo lo que necesites. Desahógate hasta que te sientas mejor. Yo estoy aquí, contigo.

Poco a poco, Pablo fue encontrándose más tranquilo, más sereno. Era como si cada lágrima que derramaba guardara un recuerdo bonito junto a su pez amigo y, por un momento, imaginó que las burbujitas que él hacía resbalaban por su rostro.

Tú lo has cuidado todo este tiempo, le has alimentado y le has regalado tu cariño. Deberías estar muy contento y orgulloso porque has hecho de Burbujitas el pez más feliz del mundo.

Pablo sonrió. Su día gris empezaba a tomar cierto tono azulado. Era verdad. Gracias a él, Burbujitas había regresado feliz al mar de los peces invisibles.

Mamá y él salieron al jardín para darle el último adiós a Burbujitas.

¿Y no lo volveré a ver nunca más?― quiso saber Pablo.

Ahora que Burbujitas es invisible no lo podrás ver con los ojos, pero si estás muy atento, podrás sentirlo con el corazón.

Pablo agarró muy fuerte el tarro de cristal, lo acarició y lo besó.

Hasta siempre, Burbujitas.

Mamá colocó el tarrito en un hoyo y luego le echó tierra por encima. Una última lágrima brotó de los ojos del pequeño Pablo y miró hacia el cielo. «Tal vez sea allí donde se encuentra el mar de los peces invisibles», pensó. Cuando bajó la vista, sin saber por qué, su atención fue a parar al naranjo del jardín.

Mira, mamá, Burbujitas invisible debe de estar por aquí, ¡esas frutas son de su mismo color!


Con tan solo cinco añitos, los pequeños alumnos de un cole alicantino han querido ilustrar la historia de Burbujitas y plasmar sus emociones repletas de corazones.

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