Andrea baila de perlas

Esta es la increíble historia de Andrea, una preciosa niña alicantina que tiene doce años y adora bailar. Andrea vive en una casa muy grande y bonita con sus papás, Ascen y Manuel, y su hermano Álvaro. También tiene dos hermanos mayores que se llaman Ángela y Manu, los cuales viven fuera de casa, pero van a menudo a visitarla. Lara y Cosmos son los nombres de sus dos perros, a los que cuida con cariño y con los que juega siempre que puede. Ella es la pequeña de la familia, con su sonrisa y dulzura alegra la vida de todos.

Su gran pasión es el baile, así que acude todas las tardes, después de clase, al conservatorio de música de su ciudad. La modalidad que más le gusta es el ballet, y por eso está en primer curso profesional de danza clásica. Allí practica durante horas su afición favorita, con gran alegría y esmero. Cuando baila, se para el tiempo, se olvida de todo, poniendo mente y corazón en cada paso, en cada melodía. Y es que verla danzar es una maravilla, desprende magia e ilusión con sus movimientos.

Un caluroso día de verano, Andrea llegó a casa muy cansada del colegio. Había tenido una semana muy ajetreada, con varios exámenes, muchos deberes y duros ensayos en el conservatorio. Su mamá, nada más verla, se percató del agotamiento en su cara y le aconsejó que se quedara esa tarde descansando en casa. Andrea tenía muchas ganas de ir a bailar, pero su cuerpo le pedía tranquilidad y reposo, así que decidió quedarse en su cuarto y dormir una siesta. Dejó su pesada mochila sobre el escritorio, se quitó los zapatos y se acostó en la cama. Pero nada más cerrar los ojos, alguien la interrumpió…

―Hola, Andrea, ¿cómo estás?

―Hola… Bien ―respondió perpleja.

― ¿No me reconoces?

Andrea no podía creer lo que veían sus ojos, ¡una muñeca que hablaba! Era muy bonita y risueña, lucía una delicada figura de bailarina. Llevaba puestos un tutú rosa y una brillante diadema de perlas que adornaba su recogido alto en el pelo. Su imagen le era tan familiar…

―Pues no sé quién eres exactamente…

―Soy Clara, tu muñeca de El Cascanueces.

―¿¿De verdad??

La niña estaba realmente asombrada. Su adorada muñeca había cobrado vida propia y eso le había impedido reconocerla al instante.

― ¡Claro! Ven conmigo, voy a mostrarte algo que te fascinará.

Clara le hizo un gesto con la mano para que la siguiera y desapareció bajo los faldones de la cama. Andrea bajó de un brinco, se agachó y, con una mano, alzó tímidamente la tela en busca de su muñeca.

―Antes debemos levantar esta baldosa. Ayúdame, me vendrá bien un poco de fuerza humana ―bromeó Clara.

Juntas retiraron una baldosa grande y cuadrada. Andrea jamás imaginó que existía aquel misterioso recoveco bajo su cama.

―Yo iré primero, tú solo sígueme.

Andrea caminó tras ella lentamente y a gatas. Era un pasadizo estrecho de techos bajos y algo oscuro. La muñeca daba pequeños y metódicos pasos de puntillas, como si en ningún momento quisiera dejar de bailar.

―Por aquí ―le iba indicando Clara.

De pronto, oyó a lo lejos una tenue melodía que, a medida que avanzaban, resonaba más fuerte en sus oídos. No había duda, ¡era la bella canción de El Cascanueces!

―Aquí es, ya hemos llegado ―dijo la muñeca con una amplia sonrisa.

Por suerte, el pasadizo se abrió a lo alto y a lo ancho y pudo al fin ponerse de pie. Frente a ellas, un grueso telón de terciopelo rojo que casi rozaba el suelo. Una fina línea de luz se escapaba por aquel espacio que dejaba entrever multitud de zapatillas de punta danzando al compás de aquella maravillosa obra.

―Andrea, cierra los ojos, tengo una sorpresa para ti.

Su corazón latía con fuerza. Estaba tremendamente emocionada. Cerró los ojos y respiró hondo.

―Puedes abrirlos.

A un lado, vio colgado un precioso tutú blanco y reluciente como una perla. Al otro lado, unas bonitas zapatillas de punta y satén rosa.

― ¡Oh! ―exclamó Andrea―. No sé qué decir…

La niña estaba tan agradecida por todo lo que le estaba sucediendo que se quedó sin palabras.

―No tienes que decir nada, solo tienes que salir ahí fuera y disfrutar. Hoy podrás hacer realidad tu sueño de representar El Cascanueces. Esta vez tú serás Clara, la protagonista.

Andrea siempre había deseado representar aquella famosa obra, era el sueño de toda bailarina de ballet. Sin embargo, de pronto, un miedo escénico invadió sus piernas, que comenzaron a temblar.

―Lo siento, Clara, no puedo hacerlo… ―se disculpó Andrea―. Hay muchos espectadores ahí fuera, esas bailarinas son profesionales y no creo que pueda estar a la altura…

¡Por supuesto que puedes! Escúchame, te contaré algo…

Andrea miró fijamente a los ojos de su muñeca.

―Estás soñando y yo formo parte de tu sueño. Tú has realizado todo esto con tu imaginación. No la utilices para asustarte por lo que pueda pasar, sino para crear cosas tan maravillosas como esta.

La niña estaba muy sorprendida por lo que acababa de escuchar. Era cierto, ella sola lo había creado, ella era la dueña de todo lo que le estaba sucediendo. Debía aprovechar aquella gran oportunidad para dar lo mejor de sí misma.

―Andrea, ¡este es tu sueño! Puedes crear y lograr todo lo que te propongas. Confía en ti.

Tras escuchar aquellas palabras, el corazón de Andrea se encendió y pudo comprender que, solo si se atrevía, podía llegar a hacer realidad sus sueños. Sintió que no podía quedarse atrás y, a partir de entonces, deseó más que nunca avanzar. Volvió a respirar hondo, se armó de valor y dio un paso adelante. En un abrir y cerrar de ojos, como por arte de magia, llevaba puestos el tutú blanco y los zapatos rosas de punta.

¿Cómo has hecho eso? ―le preguntó a Clara, sorprendida.

No olvides que esto también lo has hecho tú ―le recordó con dulzura la muñeca.

Andrea asintió con la cabeza y le lanzó una mirada de complicidad.

Ten, mi diadema de perlas ahora es tuya. Te traerá suerte.

La niña la cogió con mucho cuidado, como si de un valioso tesoro se tratara. La preciosa y diminuta diadema ocupaba la mitad de su mano. Así que la colocó en su muñeca a modo de pulsera.

―Gracias por todo ―sonrió Andrea.

―Gracias a ti ―sonrió también Clara haciéndole un guiño―. Y ahora sal ahí, siente la música y baila como tú solo sabes.

Sin pensarlo dos veces, y con la cabeza bien alta, Andrea abrió el telón y salió confiada al escenario a reunirse con el resto de bailarinas. Se dejó llevar por aquella fascinante melodía y, sobre todo, por la pasión de su corazón. Danzó, danzó, danzó…

―Andrea, Andrea…

El público, maravillado, estalló en aplausos.

―Andrea, despierta ―le insistió su mamá mientras daba palmas al ver que no se levantaba.

La niña abrió los ojos y miró a su alrededor. Estaba en su cuarto. Enfrente tenía a su mamá acariciando su pelo y, en un estante de la pared, a su querida muñeca de El Cascanueces.

«Vaya, qué lástima, solo ha sido un sueño…», pensó desencantada.

Mamá le pidió que bajara a merendar y se marchó por las escaleras hacia el salón.

Andrea se incorporó en la cama y volvió a observar a la muñeca, que, curiosamente, no llevaba puesta la diadema en la cabeza. Bajó la mirada hacia sus manos y contempló asombrada que, alrededor de su muñeca, ella sí lucía una bonita pulsera de perlas. Justo a su lado, sobre la mesita de noche, se percató de que había una pequeña nota:

Andrea, ¡esta es tu vida! Puedes crear y lograr todo lo que te propongas. Confía en ti.

Los sueños se hacen realidad.

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